jueves, 17 de octubre de 2013

Versiones de mitos: Pigmalión




Galatea vivía en una pequeña ciudad de Chipre. Era reputada maestra y gran escritora, aunque nunca publicó sus escritos.

Vivía sola en un coqueto apartamento desde que su decimotercera y última relación había fracasado. Se juró a si misma que nunca más volvería a amar pues el amor para ella era fuente de desdicha y se encerró en su casa. El tiempo que anteriormente dedicaba a charlar con amigos en bares, a románticas cenas o a descubrir nuevos lugares, lo dedicaba ahora a escuchar música y a la creación de los personajes de una novela, probablemente la primera que tenía intención de publicar. En apenas un día había descrito a Ganímedes, a Clío y a Selemno. Pero cuando empezó con el nuevo encargado de la sección de telefonía: Pigmalión, se entretuvo mucho tiempo, cada detalle de su personalidad, de su físico, de su obrar, todo era importante. "Era alto y atlético, de cabellos oscuros y profunda mirada. Sus ojos eran del color de la esmeralda pero lo que más destacaba en su rostro era su sonrisa" comenzó a escribir Galatea. Pigmalión será atento, romántico, cariñoso. Además de un tipo divertido y perseverante, será incansable en el camino hacia sus metas, inteligente y un gran defensor de los animales, sus ideales le llevarán a abrazar el veganismo, deportista y amante de la naturaleza pensaba Galatea. A medida que pensaba en su personaje y avanzaba en su descripción se iba enamorando.

Cómo hubiera sido mi vida de conocerte, Pigmalión, se preguntó. No sabes cuánto daría por haberme topado contigo le dijo.

Venus la observaba desde el Olimpo, sintió lástima por aquella mujer que no había hallado felicidad en el amor y pensó que ya era hora de que fuera feliz. Pero primero quiso comprobar que su amor era verdadero y no un mero capricho. Por una noche le hizo creer que Pigmalión había salido de las páginas de su novela y había cobrado vida. Galatea no recordó momento más feliz en su vida que aquél en el que el apuesto joven la invitó a cenar. Sus ojos adquirieron un brillo especial, su rostro se iluminó y en el se dibujo una sonrisa. Enseguida corrió a su habitación, sacó de su armario un vestido espectacular, se arregló y varias horas después, salieron a cenar. Atenea contemplaba desde su morada la dicha de la escritora y antes de que pudieran tomar los postres, Galatea despertó. Ante sí vio la imagen de la madre de Cupido. Esta le dijo, te he observado desde mi divino palacio y jamás he hallado mortal más feliz. Nunca tu rostro había lucido semejante sonrisa. Mereces esta alegría le dijo y pudo ver como el ficticio galán salía de las páginas para convertirse en un hombre real.